La transición energética necesita materiales. Muchos. La Agencia Internacional de la Energía estima que, en una senda compatible con los objetivos climáticos, la producción de minerales necesarios para las tecnologías de energía limpia podría tener que multiplicarse por seis entre 2020 y 2040. Aumentar la extracción convencional a ese ritmo podría agravar impactos ambientales y sociales ya conocidos. De ahí el creciente interés por buscar otras formas de obtener esos materiales. Una de ellas se inspira en procesos que llevan miles de millones de años ocurriendo en la naturaleza: la interacción entre microorganismos y minerales.
Algunos microorganismos tienen la capacidad de interactuar con los minerales y transformar su composición química. Hoy, esa capacidad natural se está aprovechando en procesos industriales y experimentales para recuperar materias primas a partir de minerales con bajo contenido en metal, residuos mineros y otros materiales secundarios que los métodos convencionales tratan con dificultad, alto coste o baja rentabilidad. El proceso más habitual consiste en que bacterias, hongos o arqueas que favorecen la disolución de los minerales a través de su metabolismo, liberando los metales a una solución de la que después pueden extraerse. En determinados procesos, puede requerir menos energía que algunas técnicas convencionales.
No es una tecnología nueva ni experimental en todos sus usos. Lleva décadas aplicándose a escala industrial en la extracción de cobre, con operaciones consolidadas en Chile, Zambia, Australia o Irán. También se usa en el procesamiento de ciertos minerales como el oro. Pero el interés se ha extendido a otros metales cuya demanda está en aumento: níquel, cobalto, tierras raras, e incluso materiales presentes en baterías usadas y residuos electrónicos. Esta última vía la conecta directamente con la economía circular: convertir lo que hoy es un pasivo ambiental en una fuente secundaria de materias primas.
Hay también líneas de investigación más especulativas. Una de ellas estudia la posible aplicación de la biominería en fondos oceánicos, donde se acumulan metales como manganeso o cobalto. Otra, a partir de un experimento realizado por la Agencia Espacial Europea en la Estación Espacial Internacional en 2019, sugiere que ciertos microorganismos podrían extraer tierras raras de rocas similares a las de la Luna o Marte. Son ideas lejos de cualquier aplicación práctica, pero ilustran hasta dónde puede llegar el campo.
La tecnología también tiene límites importantes. Los procesos biológicos suelen ser más lentos que los convencionales, los resultados de laboratorio no siempre escalan bien a entornos industriales, y la huella ambiental, aunque puede ser menor en condiciones controladas, no es nula. La gestión de efluentes ácidos o el uso de microorganismos modificados plantean preguntas técnicas, ambientales y regulatorias que aún requieren respuestas claras. Además, buena parte de los minerales críticos se concentra en países del Sur Global. Cómo se reparten los beneficios importa tanto como cómo funciona la técnica.
La biominería no va a desplazar a la minería convencional. Pero en un escenario de presión creciente sobre las materias primas, puede ser una herramienta útil dentro de una estrategia más amplia: aprovechar yacimientos que hoy no son viables, reducir residuos y recuperar materiales de fuentes secundarias. La capacidad de los microorganismos para transformar minerales empieza a ocupar un lugar propio en el debate sobre cómo obtener los materiales que necesita la transición energética.
Para más información, léase:
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