A pesar de los avances en el desarrollo de la agricultura ecológica de las últimas décadas, el campo europeo sigue dependiendo de un insumo difícil de reemplazar: el amoníaco. Sin él, no se podrían fabricar los fertilizantes que sostienen cerca del 90 % de la producción agrícola europea. El problema es cómo se produce: un proceso altamente intensivo en energía, basado en combustibles fósiles que, a escala global, consume cerca del 2 % de la energía primaria y genera el 1,5 % de las emisiones de CO₂.

El progreso económico y social de los países a largo plazo viene determinado, entre otras cosas, por la distribución de su población en el territorio. La evidencia nos dice que la concentración demográfica en grandes núcleos urbanos facilita la eficiencia en la prestación de servicios, potencia la innovación y el intercambio de ideas, y fomenta la atracción de talento, generando más crecimiento y más empleo.

Casi todo lo que hacemos en internet está protegido por sistemas de seguridad digital: desde enviar un mensaje por WhatsApp hasta hacer una transferencia bancaria o guardar nuestras fotos en la nube. Esta protección se basa en fórmulas matemáticas que son muy difíciles de romper, al menos para los ordenadores actuales. Sin embargo, el avance de la computación cuántica está abriendo una nueva era en la tecnología.

¿Y si cada paso que damos pudiera iluminar una farola? ¿Y si una ventana no solo dejase pasar la luz sino que también la capturase para transformarla en energía? Las ciudades del futuro no solo consumirán electricidad: también la generarán a través de su arquitectura, movilidad y vida cotidiana.

¿Qué pasaría si se peatonalizase la arteria principal de una ciudad? ¿Y si se soterrase la red ferroviaria o se levantase un nuevo barrio? Hasta ahora, no éramos capaces de determinar con precisión las consecuencias de una intervención pública de este calado. En poco tiempo, en cambio, será impensable tomar una decisión en el mundo real sin haberla probado antes en el entorno virtual.

Vivir sol@s, migrar lejos de nuestro lugar habitual de residencia, trabajar en remoto o socializar más a través de redes sociales y menos quedando para tomar un café. Estas son algunas de las realidades que están alterando nuestras relaciones sociales y afectivas, y que explican, en parte, el aumento de los problemas de salud mental entre jóvenes y mayores.

La ingeniería genética ha abierto la puerta a una nueva generación de árboles capaces de capturar y almacenar más CO₂ durante más tiempo. Técnicas recientes como CRISPR-Cas o la edición por bases permiten modificar el ADN de las plantas de forma precisa sin introducir material genético externo, lo que mejora su eficiencia fotosintética, acelera su crecimiento y favorece raíces más profundas que retienen carbono en el suelo por siglos.

Imprimir en casa la pieza de una lavadora estropeada o de un LEGO puede ser una realidad en las próximas décadas. Desde su aparición a finales de los ochenta, las impresoras 3D han evolucionado hasta convertirse en una de las tecnologías más prometedoras para la fabricación de bienes.

Ante el aumento de la frecuencia e intensidad de los fenómenos meteorológicos extremos, los seguros para ecosistemas han surgido como una herramienta clave para financiar la restauración de los espacios naturales. Hasta el momento, la mayoría se han centrado en cubrir daños en arrecifes y manglares debido al grado de desarrollo que tienen las herramientas utilizadas para cuantificar el impacto de eventos climáticos severos sobre estos ecosistemas.

Las ciudades llevan décadas creciendo hacia afuera, ocupando cada vez más espacio y fusionando, en muchos casos, sus límites administrativos. En contraposición a esta tendencia, ha empezado a desarrollarse otra bien distinta: el crecimiento de las urbes hacia dentro.